Sombrero típico wayuu. LolaMora Producciones, 2012.La Gran Nación Wayuu habita la Guajira, Península que mira al Caribe, compartida por Colombia y Venezuela. El conflicto armado, los intereses de las multinacionales del agro y la explotación minera se imponen en la zona, la población paga las consecuencias. La violencia contra las mujeres ha aumentado. En 2010, sale el informe sobre la masacre de Bahía Portete. LolaMora entrevistó entonces a Débora Barros, líder wayuu.
Las poblaciones, urbanas y rurales, que tienen frontera con Colombia viven, en mayor o menor medida, bajo una violencia armada a gran escala: la violencia de los combates, la del sobrevuelo de helicópteros y avionetas, la de incursiones y asesinatos; la violencia de la guerra, del narcotráfico y de la venta de armas. Pero además, en los últimos veinte años, estas ciudades y pueblos fronterizos han visto crecer una espiral de violencia que se ha colado en sus casas. Una violencia no armada que se ha hecho cotidiana, que se traduce en empobrecimiento, en violencia machista, en analfabetismo, ausencia del Estado y falta de oportunidades para el desarrollo personal o comunitario. Violar o mutilar a una o a varias mujeres, explotarlas sexualmente u obligarlas a servir son algunas de las formas de violencia practicadas en las guerras no declaradas que se libran en las fronteras internas y externas de Colombia.
Estas poblaciones transfronterizas, muchas de ellas pueblos originarios e indígenas, son además el escenario donde, desde comienzos del nuevo siglo, se expanden megaproyectos para infraestructura, la industria extractiva de recursos naturales y la agroindustria a gran escala, intereses económicos que se sirven de estrategias de terror para expulsar a la población y adueñarse de los territorios.
En la Guajira colombiana
Débora BarrosLas mujeres wayuu, habitantes ancestrales de La Península de La Guajira, el territorio de la Gran Nación Wayuu, en la frontera política entre Colombia y Venezuela, viven en carne propia esta espiral de violencia. La violencia sexual contra las mujeres wayuu y su asesinato, como mecanismo para aterrorizar y expulsar a su pueblo, comenzó -según cuenta Débora Barros en la entrevista- a comienzos de 2000, año en el que se sitúa la presencia de paramilitares en La Alta Guajira Colombiana.
Débora Barros (foto) es abogada wayuu. Su vida cambió radicalmente hace once años, desde entonces vive luchando contra las amenazas a su pueblo, una de ellas, la creciente violación de mujeres, como cuenta en el siguiente audio.
Un crimen selectivo de mujeres
Entre el 18 y el 20 de abril de 2004, el Frente Contrainsurgencia Wayuu, dirigido por el paramilitar conocido como Jorge 40 jefe del Bloque Norte de las AUC (extraditado por narcotráfico a Estados Unidos) y el alias Pablo 16, asesinan a seis personas wayuu, cuatro mujeres y dos hombres en un pueblo de la Alta Guajira colombiana. Se encontraron cuerpos carbonizados, también de menores. Cuatro mujeres fueron torturadas y asesinadas con brutalidad. Cuerpos de mujeres violados, mutilados y calcinados. En las semanas sucesivas, el terror se apodera del pueblo wayuu, que huye hacia Venezuela, y se cometen más asesinatos. Ha quedado probada también la participación del ejército colombiano. Dos mujeres continúan desaparecidas.
La Masacre de Bahía Portete, fue un crimen selectivo de mujeres wayuu. Para el gobierno colombiano fue una pelea entre clanes por el control de uno de los puertos de entrada más importantes del contrabando en esa desértica región. Débora Barros perdió a una parte de las mujeres de su familia. Tras la masacre, un grupo comienza una lucha incansable por la justicia, y acaban organizándose en Wayunmusurrat o Mujeres Tejiendo Paz. Pero también comienzan las amenazas.
La masacre de Bahía Portete hizo caer en cuenta al pueblo wayuu de que sus tierras eran altamente codiciadas por grupos legales e ilegales: su bahía, como puerto estratégicamente situado en el Caribe, perfecto para el transporte de todo tipo de mercancías; su subsuelo, como fuente de minerales y agua; sus tierras como paraíso para el turismo; y los vientos que soplan fuertemente en sus planicies desérticas, fuente inagotable de energía eólica.
En 2010, seis años después de la masacre, se presenta el informe del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación de Colombia, titulado La Masacre de Bahía Portete: Mujeres Wayuu en la mira. Pero el regreso de los desplazados por la masacre se complica, como explica Débora Barros.
Poder y violencia
Paisaje guajiroBahía Portete pertenece al municipio de Uribia, considerada la capital indígena de Colombia por tener la mayor concentración de población indígena del país. En la parte sur de la boca de Bahía Portete, está Puerto Bolívar, y allí está El Cerrejón, una de las minas más grande del mundo de carbón a cielo abierto. Por este mismo puerto llegaron los aerogeneradores que conforman el parque de energía eólica Jepirachi, muy cerca de Bahía Portete. Desde el 2000, La Guajira se había convertido en un territorio bajo disputa de varios grupos paras.
Desde entonces, los wayuu, un pueblo nómada y comerciante, de pescadores y artesanas, ha vivido bajo la presión de estos grupos y de la voracidad de los megaproyectos y las multinacionales. Sus estructuras sociales y tradicionales han sido permeadas por esa dinámica violenta. Los hombres no han escapado a la violencia. Las mujeres dicen con rotundidad que hay más violencia contra ellas hoy que en el pasado. Tanto dentro como fuera de la casa.
El pueblo wayuu es matrilineal, la descendencia la impone el apellido de la mujer. Las mujeres Wayuu, principalmente desde la década de 1980, son las que con más frecuencia estudian y se gradúan como bachilleres y obtienen títulos universitarios y quienes en mayor número hablan el español.
Desde que esta espiral de violencia fue creciendo y culminó en la masacre de Bahía Portete y los asesinatos y amenazas que le han seguido, las mujeres wayuu organizadas se debaten entre el carisma y la fuerza ancestrales que siempre han mantenido las mujeres de su pueblo, como su presencia en la resolución de conflictos entre clanes, y el ejercicio patriarcal del poder cada vez más dominante que otorga la palabra a las mujeres cuando lo considera oportuno. La masacre de Bahía Portete, también sacó a la luz, la desigualdad creciente entre hombres y mujeres.
Dice el informe sobre la masacre de Bahía Portete que “dado el carácter selectivo de las víctimas ejecutadas, es posible diferenciar al menos dos objetivos perseguidos por los paramilitares: el primero, golpear los liderazgos internos de los wayuu al quebrantar los roles públicos de las mujeres (…). El segundo, convertir a las mujeres a través de los repertorios de violencia, en particular de la violencia sexual, en un medio para herir el honor de los hombres wayuu, ya sea en su masculinidad como en su rol social de guerreros”.
Un castigo por su fuerza y valentía
En general, los índices de violencia física y psicológica contra las mujeres son superiores en las poblaciones de frontera. Un pueblo como el Wayuu, que no conoce fronteras porque su nación siempre ha estado en los territorios entre Colombia y Venezuela, no ha escapado a la espiral violenta que ha ido creciendo en sus ricos suelos. Paramilitares, Narcotraficantes, ejércitos y policías, rebeldes y grupos armados varios, así como los diversos intereses para los que éstos trabajan son responsables del aumento de las torturas sobre el cuerpo de las mujeres.
Según el informe de la Comisión de Reconciliación sobre la masacre de Bahia Portete, en Colombia hay un aumento cuantitativo de la violencia reportada contra mujeres indígenas. “La violencia ejercida es una forma de castigo contra las mujeres que asumen un papel activo en la defensa de sus comunidades, no sólo como mediadoras ante los actores armados para la reivindicación de su autonomía territorial y de gobierno, sino también como retadoras a las políticas de dominio de estos”.
Para Débora Barros, la lucha no ha terminado, una vez presentado el informe de la Comisión, hay que seguir buscando la verdad, el porqué de la masacre. Pero sobre todo, piensa continuar con el apoyo a las mujeres que han sufrido y sufren violencia de cualquier signo, “sean wayuu o mestizas, colombianas o venezolanas”.