Lago Kivu, LolaMora 2012Nos presentamos en la caseta del embarcadero bien temprano, tanto que somos los primeros. Así que tras presentar los pasaportes y evitar que nos cobren por sobrepeso –Mulumba se encarga de la negociación- nos sentamos a fumar un ‘pucho’ frente al lago.
No, no nos vamos del país, solo vamos a cruzar de Bukavu, capital de Kivu Sur, a Goma, capital de Kivu Norte. Cambio de provincia con control de pasaportes. Eso sí, en un ambiente mucho más relajado que en 2006. Los chicos limpian con dedicación la lancha rápida que nos llevará del otro lado. Haremos 80 kilómetros en dos horas y media a través del lago Kivu, dividido en dos: la parte oeste congoleña, la parte este ruandesa.
Mientras aspiro el humo de mi ‘Vannelle’ observo el lago. A un lado, el lavadero de moto-taxis; a otro, varios niños se asean; un poco más lejos el embarcadero de los barcos de noche. Son viejos y enormes y uno de ellos se acerca procedente de Goma. Es enorme, como un Costa Concordia venido a menos. Tiene tres alturas: en el tercer piso, la primera clase, con las terrazas vacías; en el segundo, los viajeros de segunda clase observan la llegada asomados a la barandilla; en el primer piso, cientos de personas de la tercera clase se apiñan para saludar. En los sótanos, junto a los motores y en medio del calor, una discoteca que abre toda la noche. Estos barcos hacen el recorrido de 80 kilómetros durante toda la noche: casi 10 horas de viaje.
Asombra la lentitud del enorme bicharraco flotante. Entonces se despliega otro desfile aún más lento. Son largos barcos de carga, de doce metros, con montones de tierra. Seguramente para las numerosas construcciones de la ciudad. Llegan de los territorios y seguro que han viajado también toda la noche. O al paso que van igual llevan días navegando. Es imposible describir lo viejos que son, lo descuidados que están. Van en fila, uno detrás de otro, a ritmo de brazada de un niño de 10 años. Y entonces me fijo en que el único que echa humo es el que va delante. El primer barco tiene un motor y tira de los otros tres, todos unidos por una cuerda.
La lentitud de los barcos contrasta con su enorme tamaño y con los gritos de alegría, de excitación por la llegada de sus pasajeros y tripulantes. En medio de todos estos gigantes y al mismo ritmo lento, unas barcas-canoas tan viejas como sus mayores parten de Bukavu. “Hacia los territorios”, me dice Mulumba, “van lentos porque funcionan con un motor de motocicleta adaptado al agua”.
Aquí no se celebra el carnaval en las calles, pero aquí en el lago, esta postal de las siete de la mañana, con el sol levantándose y haciendo brillar el agua, es todo un carnaval.
Unos minutos después tomaremos nuestra lancha. Los pasajeros somos un grupo privilegiado que puede costearse este lujo: militares de MONUSCO, blancos y negros de ONG, curas y pastores de diversas iglesias. “Para la mayoría de la gente, hasta la tercera clase es carísima, ir a Goma por tierra es largo y peligroso”, dice Mulumba.
La lancha lleva ya un buen rato saltando olas, la televisión suena a todo volumen y ya nos han servido las bebidas. A un lado las verdes colinas de Congo; a otro, las de Ruanda, iguales y pegadas pero incompatibles. Y en la misma línea del mapa que divide los dos países, dos ciudades: Bukavu, que ya queda atrás, y Goma, a la que ya la lancha está acostando. Aquí la tierra no es roja, es negra, recuerdo del volcán.