Minova, LolaMora 2012 ‘En la época de los abuelos, los únicos musungus (blancos en swahili) que se veían en esta tierra eran los sacerdotes’, cuenta con mucha chispa Laurent durante la comida. ‘Es muy bueno con la broma’, dicen las chicas. Mientras habla como una metralleta y nos hace reír a todos, come con parsimonia su foufou (fufú), alimento base aquí. Pasta de mandioca con agua servida en una enorme bola tibia.
Una europea como yo tendría el reflejo instantáneo de aplastarlo con un mazo de cocina y hacer una base de pizza o echarle levadura y meterlo al horno para hacer un pan. Pero ellos lo comen así. Laurent desgrana historias mientras va tomando pequeñas cantidades de fufú, las amasa con los dedosde su mano derecha y se las va comiendo, como acompañamiento del rico pescado del lago, el sombe y su salsa, el plátano cocido y la carne de cabra. Manjares preparados en casa de una amiga. Laurent sigue, hablando deprisa y masticando despacio, todo un arte.
‘En la época de mis padres aparecieron un día, allá arriba, en las comunidades, otro tipo de musungus. Los niños, como siempre, se arremolinaban en torno a ellos. Estos eran tan pálidos como los padrecitos, pero vestían raro: sin largos paños, con enormes bultos colgados de la espalda, unos tubos que se ponían en los ojos yunas botas enormes de militar; como no tenían uniforme reconocible, a la gente le costó clasificarlos. Pero los padrecitos explicaron que eso se llamaba turista, es decir, unos señores que venían a mirar por esos tubos a los gorilas. Ahhhhh… ¡Señores turistas! Esos eran casi todos simpáticos’.
Todos reímos con la boca llena, yo adoro el sombe, así que tengo ya los dientes casi verdes, lo que da lugar a bromas. El sombe es un puré hecho con las hojas de la planta de mandioca, que se hierven y luego se rebozan con especias. Riquísima. Podría comer kilos.
‘Después vino la guerra y todos esos locos con las armas y desaparecieron los turistas, nos quedamos con los padrecitos, y ni siquiera con todos, nooooo… Tras la guerra empezaron a llegar de nuevo los turistas, con menos peso en la espalda, las mismas botas y unos chalecos de bolsillos. Los padrecitos nos dijeron: no hijos míos, estos no son turistas, estos son humanitarios. Os vienen a ayudar. ¡Aleluya! Pensamos todos. Y aquí siguen... formando parte del paisaje.
Y a mi generación, le ha tocado los Jackie Chan. Aquí a los chinos, los llamamos así porque cuando empezaron a llegar hace unos años para trabajar en las compañías mineras y en la MONUSCO, al único chino que habíamos visto nosotros era a Jackie Chan, en la tele. Cuando veíamos a uno, nos amontonábamos a su alrededor. Y nos parecían todos igualtios a Jackie Chan. Así que un día decidimos comprobar si era él, repetido hasta el infinito. Teníamos 12 años, salíamos de la escuela y vimos que cuatro chinos bajaban de un coche. Nos pusimos de acuerdo enseguida y nos fuimos hacia ellos para provocarlos, a ver qué pasaba. Los empezamos a insultar en swahili, pero claro, el swahili no tiene malas palabras; así que empezamos a hacer el mono, el gorila, muecas de todo tipo. Nos retorcíamos frente a ellos y ellos se reían así que acabamos enfadándonos nosotros.
Uno de mis compañeros se fue hacia ellos y ahí, reaccionaron. Uno de los chinos salió de atrás, le hizo una llave de karate a mi amigo y ¡zas! Lo dejó tirado en el suelo como un trapo. Los demás salimos corriendo y saltando de alegría, gritando a todo el mundo: ¡Es Jackie Chan!¡Es Jackie Chan!’
A estas alturas todos estamos encogidos de la risa en la mesa salvo él, que sigue impasible contando la historia y comiendo. Al final, cuando todos nos callamos, suspira: ‘ah ah ah ah… estos chinos y sus minas, los que nos faltaban…’.